Rasputín, el hombre que susurraba al Imperio

 


En la Rusia crepuscular de los zares, cuando el imperio crujía bajo el peso del hambre, la guerra y la superstición, apareció un campesino sucio, barbudo y de mirada hipnótica que parecía surgido de las nieblas de Siberia. Grigori Yefímovich Rasputín no llegó montado en caballo blanco ni envuelto en santidad, sino oliendo a vodka, a sudor y a pecado. Y, aun así, terminó sentado en el corazón mismo del poder.

No era monje ni profeta, pero hablaba como si Dios le soplara al oído. Decía que el pecado acercaba al perdón y que la salvación nacía del abismo. Mientras la nobleza se escandalizaba en público, acudía a él en secreto. Rasputín bebía, fornicaba y rezaba con la misma intensidad, convencido —o fingiendo estarlo— de que el caos era una forma superior de fe.

Su ascenso se selló cuando el heredero del Imperio, el pequeño Alexéi, dejó de gritar de dolor. La hemofilia cedía ante la voz grave del campesino y las oraciones murmuradas en la penumbra. Para la zarina Alejandra, Rasputín ya no fue un hombre: fue un enviado de Dios. Desde entonces, ministros caían, generales ascendían y decisiones fatales se tomaban bajo la sombra de su barba.

El pueblo lo odiaba. La nobleza lo temía. Y él parecía intocable. Sobrevivió a cuchilladas, amenazas y exilios, como si la muerte le tuviera respeto. Pero el Imperio no perdona a quien desnuda su podredumbre. Una noche de invierno, los mismos nobles que decían proteger a Rusia lo envenenaron, le dispararon y lo arrojaron a un río helado.

Rasputín murió, sí. Pero con él se hundió también la vieja Rusia. Su cadáver descendió por el Neva mientras el Imperio caminaba, sin saberlo, hacia el patíbulo de la historia. Porque algunos hombres no provocan el fin de una era: simplemente anuncian que ya ha comenzado.

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