Ana Bolena: La ejecución de una reina y el filo de la espada
En la fría mañana del 19 de mayo de 1536, Ana Bolena, segunda esposa de Enrique VIII y reina de Inglaterra, ascendió al cadalso en el patio del Torre de Londres. Vestida con un sencillo robe gris y un gorro blanco que cubría su cabello oscuro, Ana caminó con una dignidad que conmovió incluso a sus enemigos. No lloró ni suplicó; en su lugar, pronunció unas palabras serenas: "No vengo aquí a acusar a nadie, solo pido a Dios que salve al rey". Lo que hizo única su ejecución fue el instrumento elegido: una espada, no un hacha. Enrique VIII, en un último gesto de "misericordia", ordenó que un verdugo experto de Calais realizara la decapitación. La espada, más rápida y precisa, era un símbolo de nobleza, reservada para aquellos de alto rango. Ana, consciente de este detalle, bromeó con ironía: "He oído que el verdugo es muy diestro, y mi cuello es bastante pequeño". El momento fue breve. Con un solo golpe certero, la espada cumplió su macabra tarea. La...