Trasmoz, el pueblo maldito de España

 


Allá donde el Moncayo clava sus sombras como garras antiguas, se alza Trasmoz, un pueblo pequeño en tamaño pero descomunal en leyenda. No es un lugar cualquiera: Trasmoz es el único pueblo oficialmente excomulgado y maldito de España, y lo más inquietante es que nunca se ha levantado esa condena. Ni perdón, ni absolución. Nada. La maldición sigue viva, como un eco medieval que se niega a morir.

La historia arranca en el siglo XIII, cuando Trasmoz vivía enfrentado con el poderoso Monasterio de Veruela, situado a escasos kilómetros. Los monjes acusaban a los habitantes del pueblo de practicar hechicería, pactos con el demonio y rituales prohibidos. ¿Exageración? Seguramente. ¿Intereses económicos y luchas de poder? Casi seguro. Pero la Iglesia no se andaba con medias tintas: en 1254, el abad de Veruela lanzó una excomunión formal, acompañada de una ceremonia tan teatral como aterradora. Campanas tocadas al revés, salmos recitados en tono fúnebre y una vela negra apagada simbólicamente para sellar la condena eterna del pueblo.

Desde entonces, Trasmoz quedó marcado. Nadie podía recibir sacramentos, nadie podía ser enterrado en suelo consagrado. El pueblo pasó a ser sinónimo de brujería. Se hablaba de aquelarres nocturnos, de ungüentos imposibles, de pactos sellados a la luz de la luna. El castillo de Trasmoz, hoy en ruinas, se convirtió en el epicentro del miedo: un lugar donde, según la tradición, se fabricaban pócimas y se invocaban fuerzas oscuras.

Incluso Gustavo Adolfo Bécquer, fascinado por el misterio, escribió sobre Trasmoz y contribuyó a inmortalizar su fama siniestra. Y lo curioso es que, siglos después, el pueblo ha decidido abrazar su maldición. Cada año celebra ferias de brujería, rituales simbólicos y noches mágicas donde la leyenda se convierte en identidad.

Mi opinión es clara: Trasmoz no está maldito, está liberado. Mientras otros pueblos borran su pasado incómodo, este lo convierte en bandera. Trasmoz demuestra que la historia no siempre hay que limpiarla; a veces basta con mirarla de frente… aunque te devuelva la mirada desde la oscuridad.

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