El Brindis de los Tercios: un vaso alzado frente a la muerte
En las tabernas
oscuras de Flandes, entre el olor a pólvora, sudor y hierro, los soldados de
los Tercios españoles alzaban sus vasos de vino con un gesto que era mucho más
que una costumbre. Aquel brindis no era celebración: era un juramento. Un acto
breve, sobrio, casi silencioso, que condensaba una forma de entender la vida… y
la muerte.
El brindis de los
Tercios no se hacía por placer ni por camaradería ligera. Se hacía por el Rey,
por España, por la bandera o por el compañero que ya no volvería a beber. Nunca
por uno mismo. En una época donde el honor valía más que la existencia, brindar
era ofrecer la propia vida si era necesario. El vino, rojo y áspero,
simbolizaba la sangre que podía derramarse al amanecer.
El gesto era
medido: la copa alzada con dos dedos, la otra mano libre para la espada.
Incluso al brindar, el soldado permanecía alerta. No había risas exageradas ni
palabras de más. Un brindis de los Tercios podía ser lo último que un hombre
hiciera antes de entrar en combate. Muchos lo sabían. Y aun así, bebían.
En los campos de
batalla de Europa, aquel ritual infundía respeto. Los enemigos lo observaban
con mezcla de burla y temor, y algunos terminaron imitándolo. Pero nunca
entendieron del todo su significado. Para los Tercios, el brindis no era
folclore: era la aceptación serena del destino, la afirmación de que morir
cumpliendo era mejor que vivir huyendo.
Hoy, siglos
después, aquel vaso alzado sigue hablándonos. No de guerra, sino de lealtad, de
palabra dada y de dignidad frente a lo inevitable. Porque mientras otros
gritaban su valentía, los Tercios la bebían en silencio.

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